Cinco Años Después, el Sistema Eléctrico Mexicano Vuelve a Temblar ante el Invierno
- Eugenio Salazar

- Jan 24
- 5 min read
Febrero de 2021. Millones de mexicanos sin luz. La tormenta Uri congelaba Texas y con ella, los gasoductos que alimentan el 64% de nuestra generación eléctrica. Desde Palacio Nacional, el mensaje fue claro: "el problema no es nuestro, es de Texas."
Enero de 2026. Los pronósticos de frío severo vuelven a sacudir el mercado del gas natural. Los precios reaccionan violentamente. Las alertas operativas reaparecen. Y el sistema eléctrico mexicano vuelve a observar, desde la orilla, esperando que esta vez el clima sea benévolo.
Cinco años después de la crisis más severa que enfrentó el sector energético mexicano en décadas, la pregunta sigue sin respuesta: ¿aprendimos algo, o simplemente tuvimos suerte de que no volvió a hacer tanto frío?
La narrativa que nos quedamos a deber
El 15 de febrero de 2021, México perdió 6,950 megawatts en segundos. Chihuahua, Coahuila, Durango, Nuevo León, Sinaloa, Sonora y Tamaulipas se quedaron sin electricidad. No fue un accidente. Fue el costo de una dependencia que habíamos construido durante años sin reconocer sus riesgos.
En la conferencia mañanera del 18 de febrero de 2021, el presidente López Obrador y su gabinete energético desplegaron una explicación coherente: la tormenta Uri congeló Texas, los gasoductos dejaron de fluir, México activó todas sus plantas disponibles para compensar. Manuel Bartlett celebró que las plantas de combustóleo, carbón e hidroeléctricas de la CFE pudieron responder. Miguel Reyes Hernández reveló el dato que cambió la conversación: 64% de la generación eléctrica depende del gas natural importado de Texas.
La conclusión oficial: "la crisis no nos agarra en indefensión, gracias a que todavía tenemos plantas de la CFE que pueden quemar otros combustibles."
Pero había una trampa lógica en esa narrativa. Si la solución fue reactivar plantas que queman combustóleo y carbón, ¿por qué no estaban generando antes? Porque son más caras, más contaminantes, y menos competitivas en el mercado. Funcionaron como parche de emergencia, no como estrategia sostenible.
Y la pregunta más incómoda quedó sin respuesta: ¿cuál es el plan para que esto no vuelva a pasar?
El círculo que nunca cerramos
Culpar al "neoliberalismo" por firmar contratos de gas natural durante las administraciones de Calderón y Peña Nieto es políticamente conveniente. Pero técnicamente incompleto.
México eligió el gas natural porque era más limpio que el combustóleo, más barato que el diésel, y abundante en Norteamérica. Era la transición "lógica" mientras llegaban las renovables a gran escala. El problema no fue apostar al gas natural. El problema fue apostar al gas natural importado sin construir mecanismos de resiliencia ante eventos extremos.
Porque aquí está el detalle que la narrativa oficial nunca quiso desenredar: México no produce suficiente gas natural para cubrir su demanda. Pemex extrae gas asociado al petróleo, pero no ha invertido en campos de gas no asociado a gran escala. Aumentar la producción nacional requeriría inversiones masivas que Pemex, con una deuda superior a los $100 mil millones de dólares, difícilmente puede hacer.
Entonces, ¿cuál es la alternativa? Importar Gas Natural Licuado por barco, que también viene del extranjero, solo que más caro y con más pasos logísticos. O diversificar hacia renovables con almacenamiento en baterías, pero esa opción quedó fuera del radar político porque requeriría mayor participación privada en energías limpias.
El círculo no cierra. Criticas la dependencia del gas texano pero no produces suficiente gas nacional. Rechazas la participación privada en renovables pero no inviertes en almacenamiento público. Celebras las plantas de combustóleo como salvavidas pero reconoces que no puedes usarlas todo el tiempo.
¿Y mientras tanto? Seguimos dependiendo del mismo gas importado, bajo las mismas condiciones que México no controla.
Enero 2026: las mismas alertas, ¿las mismas vulnerabilidades?
Los inventarios de gas natural en Estados Unidos entraron al invierno actual en niveles históricamente elevados, cercanos a 3,900 Bcf, por encima del promedio de cinco años. Eso debería tranquilizarnos, ¿verdad?
No exactamente.
La demanda de gas ha crecido de forma estructural desde 2021. Estados Unidos exporta más gas natural licuado que nunca, y esas moléculas compiten directamente con el gas que México necesita. Los inventarios altos no garantizan seguridad cuando la demanda crece más rápido que la capacidad de respuesta del sistema.
En 2021, el Houston Ship Channel registró precios máximos cercanos a los $400 por MMBtu, un nivel sin precedentes. El problema no fue solo el precio, fue la disponibilidad física. Los gasoductos congelados no pueden entregar gas aunque haya dinero para comprarlo.
Hoy, cada vez que se pronostica frío severo en Norteamérica, los precios del gas vuelven a reaccionar violentamente. Las alertas operativas reaparecen. Y el sistema eléctrico mexicano vuelve a entrar en ese estado de alerta que no debería ser normal.
Cinco años después de la crisis más severa en décadas, México sigue sin haber corregido la estructura del problema.
Lo que no hicimos (y lo que eso significa)
Después de febrero de 2021, ¿qué cambió realmente?
Se activaron protocolos de contingencia invernal que no existían antes. La CFE firmó contratos con topes de precio de gas para mitigar volatilidad. Se pusieron en operación dos terminales de regasificación de GNL que añaden opciones de suministro. Eso es positivo.
Pero lo que no se hizo es más revelador:
No se construyeron reservas estratégicas de gas natural. No se fortaleció de manera decisiva la infraestructura de almacenamiento. No se diversificó significativamente la matriz de generación hacia fuentes que no dependan de un solo insumo importado.
No se alinearon de forma efectiva los mercados de gas y electricidad para que las señales de riesgo se reflejaran oportunamente en el Mercado Eléctrico Mayorista.
La planeación siguió asumiendo que el suministro de gas estaría ahí cuando se necesitara. Que Texas no volvería a enfrentar una tormenta como Uri. Que el clima sería, en promedio, benévolo.
Esa no es planeación. Eso es esperar que tengamos suerte.
El problema no es el invierno
El invierno ocurre todos los años. El frío severo en Norteamérica no es una anomalía, es un riesgo conocido. Lo que sí es anomalía es haber construido un sistema energético que depende críticamente de un solo insumo importado, bajo condiciones que México no controla, sin mecanismos robustos de respaldo.
Y lo más frustrante es que después de 2021, la narrativa institucional se centró más en repartir culpas que en corregir la vulnerabilidad estructural. Se culpó a las administraciones pasadas por firmar contratos con gasoductos privados. Se culpó al mercado eléctrico por privilegiar eficiencia sobre seguridad. Se culpó a Texas por no blindar su infraestructura.
Todas esas críticas tienen algo de verdad. Pero ninguna resuelve el problema de fondo: México sigue sin un plan serio para gestionar los riesgos de su dependencia energética.
La pregunta que sigue esperando respuesta
Si mañana Texas enfrenta otra tormenta como Uri, ¿está México mejor preparado que en 2021?
La respuesta honesta es: parcialmente. Tenemos más opciones de suministro. Tenemos protocolos que no existían. Pero seguimos dependiendo del mismo gas importado, bajo las mismas condiciones climáticas impredecibles, sin haber diversificado significativamente nuestra matriz de generación.
La historia no se repite exactamente, pero rima. Y hoy, esas rimas vuelven a escucharse con claridad en el mercado del gas y en el sistema eléctrico mexicano.
Porque el verdadero problema no fue la tormenta Uri. El verdadero problema fue — y sigue siendo — apostar por una dependencia estructural sin construir los mecanismos para gestionarla.
Y mientras no reconozcamos que la confiabilidad energética requiere algo más que confiar en el mercado externo y en el clima benigno, México seguirá expuesto a repetir episodios que ya demostraron su costo económico, operativo y social.
Cinco años después, seguimos esperando que el invierno sea benévolo.
Quizás esta vez tengamos suerte. Pero esa no debería ser la estrategia energética de un país.


